La cartografía de mi cuerpo está hecha de formas. Formas geométricas como el triángulo, el círculo y el cuadrado. Son formas muy claras, muy bien definidas y que se mueven atravesando el espacio y modificándolo a su paso. Son figuras que se colorean al escuchar las melodías de la música y que con el tiempo han adquirido personalidad y se han roto y reconstruido varias veces.
Es la música la que ha colorizado los diferentes escenarios de mi vida y ha estado conmigo como un mono encaramado en mi hombro desde que soy pequeña. Es el pop y el rock en español lo que más me gusta, pero también soy una romántica empedernida y hay facetas de mi infancia que no he logrado superar porque aún me causan una euforia tremenda. Pero pensando en esos géneros arrasadores en mis playlists, también hay un sancocho vegetariano de música que nadie conoce, sólo yo; porque hay mucho de mí que decido no mostrarle a los otros, y no sólo en la música, pero es difícil encontrar mis gustos culposos entre 4.725 canciones. Un número que ha ido aumentando y cambiado a lo largo del tiempo como mis cortes de pelo.
ontinuando con la idea de que hay mucho de mí que muestro, pero otras partes que quedan relegadas a mi inconsciente, dentro de la gran mancha amarilla que es mi aura, hay una manchita azul bien conservada en el centro y a veces permea su al rededor, pues a mí las lágrimas me corren fácilmente por la cara, y soy profundamente sensible. Esta emocionalidad me ha permitido conectar con la danza desde muchos lugares: felices, melancólicos, sensuales y hasta místicos. Después de todo, mi cuerpo tiene un lenguaje muy claro y denota lo que estoy sintiendo. A través del baile se unen mi cuerpo, mi mente y mi alma. Bailar es mi manera de estar presente, de dejar la mente en blanco y simplemente: ser. Entre todo, es lo que me permite regalar un pedacito de mi a las personas con quienes comparto ese trocito de mi alma. Me hace feliz. Me hace ser yo. Bailar es mi manera de amar. Esto lo descubrí cuando me percaté de que soy una psicóloga cuyo terapeuta es su mono de peluche, porque lo puedo llevar conmigo a todas partes, ha viajado a mi lado siempre, debería tener su propio pasaporte como yo; que ahora cargo el mío porque amo viajar.
Asimismo, me encanta cambiar, mi imagen no es estática, y así mi cara sea la misma, su marco es diferente; ha sido largo, ha sido verde, ha sido rojo, ha sido corto, ha sido calvo y ahora es crespo, no puedo quedarme quieta, no quiero no evolucionar, no es uno de mis propósitos, y quiero viajar y conocer nuevas culturas, y hacerme más tierra de lo que soy, porque como buena geminiana, todavía vivo en el mundo de las ideas y no lograr aterrizar muchos de mis pensamientos. Puedo decir que si fuera un objeto sería un girasol, y no había considerado que estos representan el fuego, nacen de la tierra y crecen gracias al agua, lo que me hace pensar que mi Superyó puede pensar que soy un ser mucho más integrado de lo que yo considero conscientemente.
Esto podría deberse a mi urgente obsesión y sed de racionalidad, que se evidencia en mis intereses de lectura y entretenimiento. Si hacemos una autopsia de mis perfiles de streaming y mi biblioteca, sabremos que anhelo tener una mente privilegiada como la de los detectives y periodistas que logran entender con sólo un esbozo de realidad cómo acaeció un crimen o un hecho, y logran trenzar armónicamente las pruebas y las hipótesis para poder resolver un caso.
Por eso también me gustaría saber tocar algún instrumento, las castañuelas son el único instrumento que medio puedo atentar a tocar, y eso porque he bailado muchas cosas en mi vida y una de esas es el flamenco, una pasión que me gustaría retomar porque me hace conectar con partes de mí que no emergen en el contemporáneo.
Dicho esto, debo admitir que soy una persona extremadamente terca y caprichosa, me gustan las cosas hechas a mi modo, me gusta bailar a mi modo, me gusta escribir a mi modo, me gusta hablar a mi modo, pero sé que a veces no soy fácil de comprender, parezco un cubo de rubik: una vez que entiendes el algoritmo es fácil armarlo y desarmarlo, y luego de varios intentos se puede hacer en tiempo récord. Hay pocas personas a las que les comparto el algoritmo, me cuesta entregarlo porque siento que se pueden aprovechar de este y hacer lo que quieran, de igual manera, a veces es más fácil sacar todas las piezas y luego reensamblarlas, antes que aprender el funcionamiento psíquico de otra persona.
Desde que volví a Bogotá y a la carrera me siento en un tren de alta velocidad, y aun así con baches en el camino, tengo el freno en la mano y no lo quiero utilizar. Pero no me quiero bajar. De pronto porque me da miedo caminar, ya que mis pies han tenido una mala racha y parecen arepitas espichadas, pero, además porque son mi herramienta de trabajo más valiosa.
Mis pies son los que sostienen esta estructura de 161 cm de altura y 53 kg de peso, de los cuales seguramente 2 kilos son sólo de mi maravillosa y polifacética melena crespa de colores, que ha pasado por tanto y ahora me acompaña en el sol y la lluvia, me ve crecer y está en todas mis fotos evitando que se me vean los granos de la frente, pero dándole movimiento a mi respiración. No me gusta cómo me veo en esta foto, aunque irradie felicidad, me siento como una niña chiquita y mis cachetes vuelven a adquirir una enormidad que ni los años me han podido quitar; y aunque me gusta el momento en el que estoy, esto no se publicará en ningún lado; sólo que, como estamos en el mejor de los mundos posibles, ¿qué otro retrato mío podría ser mejor?
Tengo 24 años y han sido muy pocas las veces en las que me he preguntado por mí, seriamente. Es muy difícil tratar de verme a la luz de mis propios lentes cuando siempre el referente ha estado afuera: la inspiración, el aprendizaje y la enseñanza, de afuera. Entonces se me hace inmensamente difícil contemplar el hecho de que yo también soy fuente y agente en mi proceso, por irónico que parezca.
Se dio la oportunidad de que comenzara una carrera (dos, de hecho) en donde la introspección es fundamental para investigar y descubrir, y que casualidad que a pesar de que yo pensaba que lo hacía mucho, pensar seriamente me asusta un montón.
Sí, la autoevaluación es una conversación conmigo misma, debo admitir que han sido pocas las veces en que lo he hecho de manera consciente y con un objetivo. Paso por lo superficial, por la piel de las sensaciones, pero ¿qué pasa con los músculos, las fibras, los tendones, los huesos, etc.? No me había respondido esto hasta hace poco. Y no me juzgo por eso, yo creo que hay información que llega, o, mejor dicho, se esclarece, cuando tiene que hacerlo, y así fue para mí, cuando descubrí que le tengo miedo a la libertad.
Sí, la autoevaluación es una conversación conmigo misma, debo admitir que han sido pocas las veces en que lo he hecho de manera consciente y con un objetivo. Paso por lo superficial, por la piel de las sensaciones, pero ¿qué pasa con los músculos, las fibras, los tendones, los huesos, etc.? No me había respondido esto hasta hace poco. Y no me juzgo por eso, yo creo que hay información que llega, o, mejor dicho, se esclarece, cuando tiene que hacerlo, y así fue para mí, cuando descubrí que le tengo miedo a la libertad.
La puerta a esta incomodidad se abrió cuando entré a la carrera de artes, porque todo era todo y nada al mismo tiempo, y porque se nos permitía tomar lo que nos sirviera, y descartar lo que no conectaba con nosotros, cuando yo venía de una fábrica en donde tenía que llenarme de toda la información que se nos diera, sin discutir ni pensar. Si algo no iba conmigo, debía igual ejecutarlo y si me salía de alguna de las disciplinas que estaba viendo, era una falta frente al grupo, era menos valiosa a los ojos de los profesores excepto por unos cuantos. Entonces mi percepción cambió cuando en la carrera, más que la ejecución, valoraban el criterio.
Para más claridad debo hablar en primer lugar de cómo funciona la carrera de Artes Escénicas en la Javeriana, esta consta de 2 partes: ciclo básico (CB), y ciclo profesional (CP). CB dura 2 años de materias obligatorias, y consta de: Principios de danza, actuación y somática, nivel 1 y 2, y Elementos de la Puesta en Escena (EPE), también 1 y 2. Mientras que el CP no es linear y no debe responder a unas clases específicas salvo por los ensambles de Producción, Escrituras y Gestores. Hay más bien una totalidad de materias que uno debe ver, pero no se determina cuáles hay que ver. Para poder graduarnos debemos cursar: 6 ensambles (adicionales a los 3 obligatorios), 6 puestas en escena, 6 técnicas básicas y 6 laboratorios (nuestro énfasis se determina por 4 laboratorios ya sean de danza, actuación o somática; y también hay laboratorios multidisciplinares, que abarcan cualquier rama). De esta manera se nos brinda la posibilidad de tomar decisiones y ser maduros al respecto de nuestro recorrido académico.
En este sentido, ¿qué es el criterio? Según el diccionario de la lengua española, criterio se refiere a “juicio o discernimiento”, y está impregnado de mis creencias e historia. La primera vez que me pregunté de dónde venía fue en mi clase de Elementos de la Puesta en Escena I, dónde se me reveló que soy un collage de historias, personas, series, libros, y todo lo que había transitado hasta el momento. No soy sólo un árbol genealógico, no soy sólo mi presente, o mi carrera, o mi nombre. Eso fue un gran “revientamentes”. De ahora en adelante me referiré con esta palabra a los momentos que han sido canónicos en mi carrera y mi percepción de la vida en sí.
Luego de entender eso, comenzó otro semestre en el que descubrí que el movimiento no es sólo forma, y no es sólo lo que pasa hacia afuera y se ve. Chistoso que a pesar de que me he leído tantas veces El Principito, y sabiendo de memoria que “lo esencial es invisible a los ojos”, nunca hubiera pensado en lo que era invisible de mi cuerpo. Y no me refiero a transparente, sino, in-visible, que no se puede ver. Mis músculos, mis huesos, mis órganos; y de cómo todo eso siempre está en movimiento, y su sensación también genera movimiento. Entonces no sólo se trata de moverse por el espacio (que será otro revientamentes, pero más adelante), sino de sentir lo que pasa desde adentro, y qué moviliza lo de afuera.
De esa forma se va afinando lo que produzco con mi cuerpo y se expande mi conocimiento sobre el mismo. Ese semestre me corté el pelo, y también entendí que había una autenticidad despertando en mí a la que no me había acercado hasta ese momento.
Y a partir de ahí me enfrenté con la creación, porque luego de ese semestre empezó mi transcurso en el ciclo profesional. Reconozco que no tomé muchas decisiones conscientemente, varias veces no entendía lo que estaba pasando, no me lo cuestionaba lo suficiente. Pero la opción de decidir tu camino es una responsabilidad enorme que yo no necesariamente me tomé en serio por largo tiempo.
Ahora bien, en ese semestre entiendo que a pesar de reconocerme como una persona creativa y que piensa r“outside of the box”,r igual estaba en una caja. Hay una cantidad de recursos que no uso porque pasaba desapercibidos o no consideraba como una opción, pero eso es lo interesante. Lo que hago es una decisión, no importa si funciona o no, lo relevante es que sea una decisión consciente, y en una puesta, todo es importante, desde el vestuario, la coreografía, la duración, el título, hasta la dirección de la mirada; y eso significa que puedo hacer de lo que no pensaba permitido algo posible. Eso es crear honestamente.
Fue un semestre en el que afloraron nuevas ideas, nuevas rutinas, nuevos caminos y amigos, con los que entendí que la disciplina en compañía puede ser más amena y a veces más provechosa. Reflexiono sobre la identidad en conjunto porque se nos ha enseñado que uno debe ser original y único, cuando hay una fuerza en el colectivo que mueve más el rstatus quo,r mientras que hacerlo solo es mucho más difícil. En ese sentido, algo que aprendí gracias a la actuación, es que también en la danza se trata de dar y recibir. Nunca había sido así para mí, pero si en una escena de actuación no hay una buena réplica: colapsa, no funciona.
Así que me pregunté ¿qué pasa con esa generosidad en el baile? Porque a veces se gira mucho entorno a destacar, y tener un solo, pero no es así. Se enriquece la escena porque somos un todo, no porque un individuo sobresalga. Y así con esos pensamientos y reflexiones viví fuera del país cerca de un año, en el que me di cuenta de lo mucho que extrañaba bailar.
Me fui de intercambio a Roma, y como soy estudiante de doble carrera (psicología y artes escénicas), tuve que ir sólo con psicología, pero con mañas, logré inscribir rStoria della danza,r una puesta en escena de mi carrera de artes. La universidad allá funciona de manera muy distinta, no es práctica, y las clases son meramente catedráticas y teóricas. Uno de los aspectos que más me impresionó fue que un día el profesor Vitto, nos estaba hablando de los orígenes del ballet clásico y de la primera posición, se paró y la demostró, y yo sólo pensé “¿por qué no nos paramos nosotros también para hacerla? ¿no es más fácil comprender desde el cuerpo y la experiencia que desde la cabeza?”.
Creo que hasta ahora no había caído en cuenta de lo mucho que me afecta pensar en el rentender; siempre quiero entender, busco entender cognoscitivamente y he aprendido que eso no sólo se trata de entender en el mundo de las ideas, sino también en la carne y hueso, pero bueno, eso es algo que me pregunto más adelante y en mi presente 2025, así que lo indagaré más prontamente.
En ese año que estuve sin bailar, en el que sólo me moví en un laboratorio de cuatro días, y en mi cuarto sola, sin guía y sin compañía, la pasé muy mal. Había días en los que tenía sentido y otros en los que no se sentía nada más que frustración e ira. Por eso para mí bailar no es sólo moverme, “es sanar las heridas que bailar en sí me dejó” (Quintana, 2022).
Yo crecí en academias de danza, donde nada emanaba de mí, sólo era un producto de un entrenamiento de meses que se presentaba en diciembre. No sabía que mi cuerpo era mío y no de mis profesores: si no era flexible, no servía, si no era fuerte, no servía, si no era coordinada, no servía, si algo me dolía, no servía... Podría decir que bailar no se sentía mío, era de alguien más, y además, era de los ojos de quienes veían el producto final, no del trabajo que conllevaba llegar ahí. Esa despersonalización era extraña y se revela ahora que puedo poner en palabras lo que antes sólo se sentía ajeno y raro.
No sabía que bailar podía nacer de mí, eso lo aprendí en la carrera y en Italia bailando sola en mi cuarto. Redescubriendo lo que dejé dormido por meses en los que no me moví, y logré salir de un episodio depresivo en el que caí durante el invierno. De todas formas, aprendí que hay que saber para entender y crear, y entre más conozca, más me inspiro a moverme de diferentes maneras y buscar por diferentes caminos.
Puedo decir con certeza que bailar y crear, curan y viajar reanima. Esto es importante porque se viene un periodo de quietud y pelea cuando regreso a Colombia.
Como pasé meses sin entrenarme formalmente, opté por tomar el ensamble de producción, en donde definí la producción y la tras escena como la médula espinal de un proyecto artístico. En esta clase aprendemos sobre lo que significa producir los demás ensambles, es decir; adquirimos el rol de supervisar todo lo que pasa en la tras escena de un proyecto: reservar espacios, conseguir materiales, hablar con los estudiantes de diseño para definir vestuario y escenografía, organizamos las listas de invitados, el espacio, la conformación del espacio y la ubicación del público, hacemos las entradas y ayudamos al director a tomar decisiones concretas teniendo en cuenta las posibilidades del escenario. Por último, pero para mí más importante: velamos por el bienestar de los ejecutantes. Yo opino que producción es fundamental para la vida, todo necesita un tiempo, un lugar, a veces unos permisos; necesita cuidado y compromiso. Todo necesita orden y sin esa atención, ocurren desastres que se tienen que resolver. Producir es tomar decisiones y actuar, se trata de resolver y espabilarse. A mí me gustó mucho ser productora, pero lo que más me gustaba era cuando podía calentar con los bailarines; yo me aprendí algunas de las secuencias de solo verlas, sólo porque extrañaba moverme, y cuando me permitían bailar recuerdo que lloraba, suena dramático, pero sólo dejaba las lágrimas correr por mis cachetes de la felicidad que me traía volver a pisar el linóleo de los salones con la posibilidad de bailar.
Eso me pasa mucho. Hay una sensación de inmensa gratitud que llena mi cuerpo se sale por mis ojos. Se siente caliente y sucede cuando caigo en cuenta de que estoy bailando. De que estoy existiendo y de que puedo moverme por el espacio gracias a la biomecánica de mi cuerpo. Cuando vuelvo a ese recuerdo de que soy un cuerpo vivo y sintiente, siempre lloro de lo afortunada que me siento.
Luego vino el fuego de la carrera. Por primera vez en semestres viví la experiencia completa de estudiar solamente Artes Escénicas. Confieso que estar de 7 a 7 encerrada en un mismo edificio no es lo máximo. Pero viví muy bien ese semestre. Resulta que tuve que hacer el periodo intersemestral para poder avanzar un poco y balancear las dos carreras, aquí estuve en la Técnica Básica de Danza Contemporánea, acompañada por los maestros Arnulfo Pardo y Olga Lucía Cruz, y en el Laboratorio de Creación del Personaje, acompañado por los maestros Mario Escobar y Brunilda Zapata, y en esas dos clases aprendí que “en la cabeza están los oídos, pero es más sorda que el resto del cuerpo” (Hadad y Quintana, 2024).
Es desde este momento que surge la pregunta sobre cómo ser pincel y no sólo lienzo en blanco. Como dije en un inicio, ser agente es algo de lo que fui privada en mi colegio y mis academias, por eso entendí que ser un lienzo sobre el cuál los profesores pueden imprimir sus ideas, era mi mejor opción, pero la carrera no funciona así. Así que, literalmente, ¿quién soy yo? ¿Cómo me muevo yo cuando no hay una partitura y cuando no hay nadie mirando? Aún no tengo respuesta, pero me sigo haciendo preguntas.
También me pregunté sobre la técnica, pues a veces se siente rígida y no necesariamente se ve permeada por mis propias influencias, pero al fin y al cabo la técnica es para poder poner en disposición mi cuerpo de probar cosas nuevas y adaptarse a dinámicas desconocidas previamente por nuestro cuerpo (Hadad y Quintana, 2024).
Entré con esas dudas existenciales a mi mejor semestre hasta el momento. Me inscribí al laboratorio de Análisis de movimiento Laban; y a las técnicas básicas de Suzuki y Danza Tradicional, que cambiaron mi vida.
Sara Regina, la maestra de Laban, y una de las personas a las que más he admirado, me enseñó a ser tiempo y espacio, Suzuki me dijo que soy una diosa del tiempo y el espacio, y Tradi me mostró otra faceta de mí, y otra forma de usar el tiempo y el espacio.
Tal vez es repetitivo pero guau, Laban fue otro revientamentes importante porque fue un laboratorio de investigación del movimiento que se basa principalmente en los estudios de Laban sobre el espacio y el movimiento, y utilizamos prácticas como el cubo y sus 8 aristas; en el cual surgieron preguntas como ¿qué quiere decir hackear el espacio y cómo hacerlo? Increíble. La primera pregunta que nos hizo la maestra Sara fue esa: ¿para ustedes qué es el espacio? Recuerdo que algunas personas dijeron materia, dijeron un lugar, yo dije que era otro compañero de baile y al verlo así, más adelante caí en cuenta de que “pedirle permiso, y habitarlo pensando que tiene consistencia, entendiendo que es un éter y que puedo jugar con él, hace la diferencia” (Quintana, 2024).
En otras ocasiones había jugado a que el espacio era gelatina, o miel, pero no me había puesto a pensar en el espacio por sí sólo, ese que me habita y en el que entro. No lo había elaborado así. Fue gracias a esta clase que empecé a cuestionarme sobre mis hábitos y patrones, sobre todo lo que repito en mi cuerpo porque ya me acomodé a vivir así, y encontré estrategias para salir de ahí. Fue aquí cuando comprendí que
le tengo miedo a la libertad y temo jamás poder llegar a ella, pero la siento más cerca cada vez, y así avancemos juntas, conmigo siempre un paso atrás, sentirla a mi lado ya me da tranquilidad. Y cuando recibo su invitación para bailar, es como si el cuerpo no pesara, y la mente apagara la razón por un rato para divertirse como cuando no sabía que así se sentía el amor.
(Quintana, 2024).
Y es que el amor ahora no tiene paciencia y no sabe cómo actuar. Me hace preguntarme sobre lo honesto y lo real, que al final es lo que busca Suzuki, o al menos eso nos dijo el maestro Ernesto Martines en la técnica. Además de ser un entrenamiento físicamente exigente, este intenta despertar esa energía animal que hemos cubierto por capas de prudencia cuando en el arte se trata de encarnar lo visceral. Aquí hay otro revientamentes: es el cuerpo el que logra todo. ¿Qué pasa con lo mental? Es una traba. A veces hay que acallar el cerebro porque suele ser el primero que dice que algo no va a funcionar, sin siquiera probarlo, es el primero que se avergüenza y se retracta, mientras que el cuerpo responde. Se trata de estar en presente, viendo y escuchando todo lo que pasa, recibiendo toda la información para decidir a qué seguirle la corriente y a qué no, pero siendo consciente de lo que decido no usar sin botarlo (porque la energía se construye y se mantiene, no se bota).
La técnica de Suzuki me hizo amar mi cuerpo, por sabio y fuerte y, aun así, no le doy el crédito que merece.
Ese mismo semestre descubrí una voz narrativa y cruda, que, entre menos procesada por mi pensamiento, más resonaba en las demás personas, y otra vez se bajó un muro que permitió vislumbrar vulnerabilidad y autenticidad por debajo de mi pulcra coraza. Y eso fue en el laboratorio de escrituras somáticas, cuando hice una crónica sobre el amor, y cómo lo había vivido hasta el momento. Además, estuve en dos ensambles supremamente distintos en metodología.
Uno coreográfico con respiros de improvisación y otro improvisado con asomos de partitura coreográfica.
No lo mencioné antes, pero la carrera también consta de tres ejes transversales: la improvisación, los estudios del performance y la somática. En breve y respectivamente, cada uno de estos se refiere en mis palabras a:
Y me atravesaron respectivamente de las siguientes maneras. La improvisación no se trata sólo de agarrar todo lo que sé y conozco y vomitarlo sin orden ni riesgo. De hecho, creo que hay una línea de pensamiento visible dentro de las improvisaciones, ya si se quiere romper, eso será una decisión, pero se trata de flujo y de presente. De sumarle al saber de mi cuerpo mis sensaciones del hoy. Es muy difícil. Hoy no nos enseñan a estar en el presente, siempre estamos en otros tiempos, y por eso la improvisación es un reto, porque lo real se siente, así como lo ficticio también y ser real por un largo periodo de tiempo es concentración y escucha al cien. Creo que aprendí que un componente fundamental del ser artista es ser y estar en el momento presente. Y poder ser y hacer en tiempo real porque no todo puede ser planificado o ¿qué pasaría con las serendipias?
Además, se revelan secretos de uno mismo, o se hace más evidente lo evidente de una misma. Y esto va de la mano con ser investigadora-creadora, porque dejamos de ser ejecutantes para ser también creadores y pensar como productores e incluso como observadores, a quienes ahora llamamos participantes; porque también se abre la posibilidad de hacer partícipe al público, aunque yo no soy fan de eso. Todavía soy conservadora en cuanto a pensar en un espacio dividido entre público-espectáculo.
Por último, pero definitivamente no menos importante, es la somática lo que me ha permitido escribir todo esto. Soy fuente de conocimiento, no sólo espejo o contenedor de lo que queda de mis maestros. Todavía no me lo creo, pero la carrera me ha permitido nombrarme artista, aunque esté estudiando, aunque esté aprendiendo, aunque no haya terminado y esté al inicio o mitad de mi carrera. Claro que ahora sí estoy en el final, y qué trayecto, qué viaje ha sido, qué subidas, bajadas, llanuras, vacíos y cambios de velocidades. Qué países he conocido, qué personas me han atravesado, qué recuerdos me llevo y qué aprendizajes sigo y seguiré explorando.
Mi vida de artista ha sido bastante solitaria. Me protejo mucho de las personas porque siempre he pensado en el arte como la forma más alta de vulnerabilidad, es “regalar un pedacito de mí a las personas con quienes comparto ese trocito de mi alma” (Quintana, 2022). Y si bien ya no es algo tan privilegiado para mí de compartir, porque ahora amo más mi arte y mi danza, no como antes que me costaba, pues he madurado en querer compartir ese regalo con más personas.
Si los pares no son amigos necesariamente, ¿qué pienso yo de cómo me fue con todxs ellxs? Artes es una carrera pequeña, es fácil reconocernos entre todxs, saber al menos nuestros nombres. Pero que se nos identifique en escena es distinto, y yo he tratado de acercarme a quienes han sido motivo de inspiración para mí, pues creo que es importante para el ego del artista sentirse validado y apreciado por el público, pero, asimismo, soy bastante crítica con lo que veo. Soy bastante crítica con la carrera, de hecho, con la universidad, pues se está quedando atrás con las nuevas personalidades que llegan cada semestre. Antes la carrera era un lugar bastante exigente, en donde yo tuve la fortuna de que eso no fuera sinónimo de competencia, sino de crecimiento, pero ahora no es así; hay clases en las que siento que los que damos sostén somos pocos, he tenido retroalimentaciones en donde me dicen que no me pueden exigir más porque el grupo no da para más, y si bien entiendo que yo ya estoy más afuera que adentro, me entristece pensar que de pronto no voy a querer trabajar con muchas de las personas que he conocido porque no tienen disciplina ni compromiso. Para mí esto es serio, y de pronto se siente como una falta de respeto que no sea de esa forma para muchxs. Pero bien, que no sea lo que yo pienso para todo el mundo, al fin y al cabo, así funciona la vida, y por ese camino he tenido la fortuna de encontrarme también con personas indiscutiblemente artistas. Unos investigadores retesos, con una dedicación, atención y generosidad bestiales. Además de paciencia cariño y amor por el oficio y eso es, es amor lo que yo busco, y lo que busco ver en los artistas con los que quisiera trabajar tanto ahora como en el futuro.
Amo, cuando hay gente inspiradora, que motiva, que sostiene y que se siente en el espacio, es muy distinta a la gran masa de ausentes, y se destacan por eso. En ese sentido, he aprendido de algunxs de mis pares a ser más constante y a preguntarme más.
He aprendido a contemplar diferentes puntos de vista, soluciones a problemas menos “a la mí”, y también problemas más interesantes de los que yo tengo en mente cuando de repente no se me ocurre qué hacer.
Mis pares son un reflejo de mí, o mejor dicho, veo en ellos un reflejo de mí, de lo que me gusta y lo que me molesta de mí, así que todo lo que digo es parcial y tal vez un poco arrogante, pero es honesto, crítico y reflexivo, además de realista. No se puede ser artista en solitario, es necesario un otro y un contexto.
Asimismo, a veces es necesario salir del contexto en el que uno está normalmente para creces y aprender, y fue justo eso lo que pasó cuando tuve la fortuna de participar en el proyecto interuniversitario de SED, dirigido por el maestro Humberto Canessa, y reconozco que la mejor parte fue encontrarme con otras personas igualmente dedicadas y comprometidas para con la danza. Ese proceso me abrió la burbuja de lo que vivo en la universidad normalmente a un esbozo del mundo real. Fue un poco caótico, fue duro, fue intenso, pero fue precioso. Me sentí parte de un cuerpo de baile real, y cumplí un sueño: bailar en la Factoria L’Explose.
Mi mundo tiende a ser pequeño como mi kinesfera. A veces tengo una visión de túnel terca y difícil de abrir, pero he sido afortunada de vivir experiencias que me han ayudado a abrir mis ojos bien grandes y distender mi foco.
Luego de ese proceso entré de golpe al ensamble Pronto Habrá Fuego, dirigido por Jenny Ocampo, y fue de las mejores experiencias que he vivido. Mi cuerpo estaba triste de no ser escuchado, y de hecho al entrar al espacio, a oscuras y con un grupo mucho más pequeño, la diferencia pegó. Fue como volver a una intimidad que había escondido por varias semanas, y por fin podía reconectar con ella.
Recuerdo que estaba muy cansada, escuchaba voces que me despertaban cuando estaba transitando entre la somnolencia y el sueño profundo, seguramente por el estrés, y quedaba en estado de alerta por otro rato. Tuve que hablar con mis compañeros para decirles que estaba agotada y no encontraba descanso. Luego de eso, todo fluyó. Amé ese proceso, amé ese ensamble, y empecé a entender este concepto de “entrar en un estado”.
Cuando la música vibra en el cuerpo y es por eso por lo que se hace movimiento, o incluso que surge la voz... Cuando no es pensado sino sentido, es otra cosa. Es otro sabor de realidad. La atención se afina, la piel se pone de gallina, las pupilas se dilatan y ven todo, el olfato se agudiza, se aprietan las tripas porque todo lo que pasa en el espacio lo percibo con mi cuerpo, es casi como tener súper poderes.
Además, recuerdo el final; una transición de una gran violencia a la delicadeza de la destrucción después de la erupción de un volcán. Me sentía como si fuera cenizas, como si el abrazo que acababa de sentir de mis compañeros se esfumara como niebla y nunca fuera a volver. Puras sensaciones muy intensas y como se dice: yo estaba en “severo trip”.
Todo esto me ha ayudado a entender que valgo más de lo que me doy crédito. Porque al final, yo soy fuente de conocimiento y no sólo canal de creación. Ese fue el siguiente de mis revientamentes: la puesta en escena de Visión Somática, guiada por la maestra Emilsen Rincón.
Fue un semestre en el que estuve enferma por largo rato, pero además me moví desde muchos lugares, pero no desde la forma, prevalecía la sensación y la investigación. Escribí:
Cuando mis pasos dejaron de ser seguros, cuando mi propio cuerpo me impuso una pausa, comprendí que caminar no es solo un acto mecánico, sino una construcción de fuerzas internas que podemos reeducar (y reubicar hablando de los cristales en los canales vestibulares). (...) pude descubrir nuevas posibilidades de mantener el equilibrio cuando la estructura que daba por sentada falló. Todd diría que la eficiencia del movimiento no es solo una cuestión de biomecánica, sino de percepción y relación con el mundo (Todd, 1937). Y esa es, quizás, la mayor lección que me ha dejado la somática hasta ahora: aprender a ver mi cuerpo desde dentro, reconocer mis hábitos, transformar lo que me limita y aceptar que, en el movimiento, como en la vida, siempre hay otras formas de avanzar. (Quintana, 2025).
Toda la clase me reveló aspectos de mí sobre lo que aún estoy reflexionando. Me cuesta menos observarme como agente después de esto, aunque aun así tenga hábitos y patrones que no he logrado romper, al menos ahora soy más consciente de ellos.
Y esto fue de mucha ayuda para mi último ensamble: DESVIADAS. Este proyecto fue dirigido por la maestra Jenny Ocampo y el maestro Nicolás Poggi, acompañado de la DAJU de la UNAM, que tuvo lugar dos semanas en Bogotá y dos semanas en Ciudad de México. DESVIADAS se presentó como una práctica para desencajar del movimiento sistemáticamente impuesto a los bailarines, era un momento de completa improvisación. Pura escucha, puro timing. Y trataba precisamente de desviar nuestros movimientos y patrones, de lo que ya estábamos acostumbrados. Fue muy difícil en un inicio porque contrasta con lo aprendido, en algún punto pensé: “tanto tiempo buscando la continuidad para que ahora me digan que la desvíe”, y fue frustrante.
Me encaré con la frustración porque dije que no entendía nada, que era rápido, pero lento, solitario, pero en grupo, atravesando el espacio, pero no necesariamente, observando a los demás, pero no todo el tiempo, desafiando la verticalidad, pero no agachándome nada más. Fue contradictorio y desordenado y recuerdo que cuando dije eso el consejo fue: a veces tienes que dejar de escuchar y seguir las reglas.
Una vez más me dieron tanta libertad que no supe qué hacer con ella. Confieso también que me di cuenta de que me encanta no entender nada. Cuando voy a una clase nueva, de un lenguaje que no conozco, me divierto infinitamente, abro los ojos, me pierdo, me permito equivocarme, pero tengo mucha presión por “hacerlo bien” cuando se trata del contemporáneo. No es igual, no es humilde, de hecho, es bastante pretensioso de mi parte procurar ser original o única en cualquiera de mis propuestas en ese lenguaje, y es un golpe al ego grande cuando lo que propongo no funciona. Me pregunté mucho el por qué me molestaba tanto, por qué me hacía tanta falta la validación externa y por qué aún estaba intentando verme como pensaba que los directores querían verme.
Estuve muy enojada un rato porque sentía que mi movimiento no era mío, y cuando algo era felicitado, no lo sentía honesto, pero sí rompía patrones, sí era diferente a lo que había hecho hasta el momento. Vuelvo de ese viaje y de esa experiencia con un movimiento enriquecido, con cambios de dirección y tridimensionalidad.
Me inspiré de los profesionales con los que trabajamos. Y mi vida cambió de rumbo porque ahora me quiero mudar a México a seguir bailando.
Ahora entiendo que entender también se trata un poco de cerrar los oídos y revelarse a las instrucciones. No siempre debo seguir las reglas, a veces debo indagar en mi propio rayón mental, y no en lo que quiero que vean mis profesores, o directores. Es más honesto hablar desde mi curiosidad que desde mi búsqueda de aprobación.
Pero me hizo falta una mención honorífica a mi adorada clase de Danza Tradicional acompañada por Rene Arriaga, Karina García. En otros varios escritos digo que venimos de nuestras creencias, nuestras familias, nuestras series favoritas, etc., pero yo nunca me había preguntado por mi territorio y por de dónde vengo yo. Prima mi ignorancia en geografía y gastronomía de mi propia tierra y tradición. No tenía ni idea de nada porque en mi casa, somos “modernos”, nuestra familia vive regada por el mundo y nadie me cuenta sobre cómo mi abuela hospedó guerrilleros en la época de la violencia, o de qué bailes les enseñaban en el colegio a mis papás para sus presentaciones en días especiales. Hasta cursar la técnica de danza tradicional “Tradi”, me sentía desconectada de mi pasado, de mis orígenes y de la tierra, y gracias a ella también he descubierto una fuerza, una pasión y una resistencia que no sabía que tenía.
Resulta que amo sudar. Amo sentir el cansancio de bailar al ritmo de los tambores. Amo entender de dónde vienen ciertos pasos. Amo sentir mi cuerpo capaz y poderoso. Y amo mi carrera y lo que han sido estos 48 semestres exagerando.
Quintana, Á. (2022). Danzarín danzarón.
Quintana, Á. y Hadad, V. (2024). En la cabeza están los oídos, pero es más sorda que el resto del cuerpo.
Quintana, Á. (2024). Recuerdos de movimiento recién descubiertos.
Quintana, Á. (2024). Cambiaformas sin propósito.
Quintana, Á. (2025). Somatizando en la cuerda floja.
Todd, M. E. (1937). The Thinking Body: A Study of the Balancing Forces of Dynamic Man. Dance Horizons.